Ignacio Marín: “Ser fotoperiodista y autónomo es una carrera de fondo”

Pasó de trabajar en una organización internacional en París, a ser uno de los pocos fotógrafos y periodistas que cubrieron el desalojo de Idomeni, el campo de refugiados más grande de Europa. Pasó de escribir en la capital francesa “informes y cosas muy sesudas e importantes que nadie lee y que no tienen ningún impacto real” a contar y fotografiar la dramática situación de miles de personas en medios como El País.

Los comienzos como freelance

En 2015 Ignacio Marín (Madrid, 1988), licenciado en Ciencias Políticas y especializado en cooperación internacional, dejó los despachos y a sus jefes en Francia. Con un billete a Indonesia, comenzó su trabajo como freelance y su vida como autónomo. Desde entonces no ha parado de viajar y de trabajar.

En Muno hemos querido conocer su historia. En una cafetería del barrio madrileño de Lavapiés y tras llegar de Marruecos, nos cuenta que decidió abandonar su trabajo fijo para convertirse en fotógrafo al ver “el potencial de llevar una cámara colgada al hombro”.

Para Marín, poner cara a las personas de las que hablaba en los informes que nadie leía podía “en algún momento” llegar a cambiar algo en la sociedad.

“Sería naïf pensar que una imagen puede transformar el mundo. Ya hemos visto que, pese a la fotografía del niño Aylan, sigue muriendo gente en el mar. Pero creo que, como señala el fotógrafo Manu Bravo, a lo mejor una imagen es capaz de cambiar algo dentro de alguien, otra imagen en otra persona y así, día a día, se puede conseguir algo”, explica.

Idomeni, Grecia. Un niño apunta hacia los militares de Macedonia durante una manifestación organizada por los refugiados demandando la apertura de la frontera. (Mayo 2016) Ignacio Marín / Fundación porCausa

Idomeni, Grecia. Un niño apunta hacia los militares de Macedonia durante una manifestación organizada por los refugiados, demandando la apertura de la frontera (Mayo 2016) | Fotografía de Ignacio Marín / Fundación porCausa

El fotoperiodista madrileño destaca que “por ejemplo, las imágenes de Santi Palacios en el Egeo despertaron cierta conciencia en la sociedad europea y se movilizaron recursos”. Una imagen, remacha Marín, “no es capaz de cambiar el mundo pero sí puede conseguir algún impacto en la sociedad”.

En Idomeni el madrileño de 29 años consiguió burlar a las autoridades griegas cambiándose la ropa con un refugiado. Las tres semanas que pasó en el campamento antes de su cierre le permitieron hacer amigos. Estos le escondieron de los policías, que no querían que los periodistas y los voluntarios fueran testigos del desalojo. Y pudo enseñar a la sociedad lo que estaba pasando.

“Una imagen no es capaz de cambiar el mundo, pero sí puede conseguir algún impacto en la sociedad”

Cuando se le pregunta sobre la polémica que surge con la publicación de determinadas fotografías cuando ocurren tragedias —como el debate suscitado por las que aparecieron en diferentes medios tras los atentados yihadistas de Barcelona— su postura es muy clara.

Creo que la fotografía de catástrofes tiene que ser catastrófica. No es un debate fácil, pero me posiciono en que se tiene que enseñar la realidad. Eso no implica que se puedan sacar todas las imágenes sin respeto a las víctimas. Pero estoy en contra de la fotografía edulcorada de las guerras de Irak o Afganistán en las que no ves ni a un soldado llorar, ni sangre. Eso es edulcorar la trágica realidad”.

Incide en que no todo el mundo que lleva una cámara puede ser fotoperiodista. “Si una persona está en Las Ramblas y graba con un teléfono a los heridos, no debe subir esas imágenes para ganar clics. Y tampoco tiene sentido ir a un campo de refugiados un par de días para hacerte selfies o subir esas fotos en tu blog. Puedes estar poniendo en peligro la vida de personas que no quieren ser identificadas por miedo a represalias”.

Gambo, Etiopía. Un hombre asiste al hospital de Gambo con síntomas de desnutrición. A sus 50 años Ommar no recuerda haber vivido una sequía tan brutal. “He perdido todo mi ganado”, relata.

Un hombre asiste al hospital de Gambo, Etiopía, con síntomas de desnutrición. A sus 50 años Ommar no recuerda haber vivido una sequía tan brutal. “He perdido todo mi ganado”, relataba | Fotografía de Ignacio Marín

Marín, que acaba de poner en marcha una productora de comunicación (Estudio Bisagra) con otros dos compañeros autónomos, destaca que la parte mala de su nueva vida es el papeleo. “Estaba harto de trabajar en un despacho. Ahora que soy autónomo, es terrible la cantidad de horas que estoy con las declaraciones trimestrales de IVA y demás”, comenta divertido.

“Ahora que soy autónomo es terrible la cantidad de horas que estoy con las declaraciones trimestrales de IVA”

También cuenta que solo se asegura cuando se va a trabajar fuera de España. Para su día a día en Madrid “no se lo ha planteado”. Como otros tantos que trabajan por cuenta propia, no se ha parado a pensar que está desprotegido en caso de enfermedad y que existen opciones para autónomos como el seguro de baja temporal de Muno.

El fotoperiodista concluye que lo que está haciendo “ha sido una de las decisiones mejor tomadas de mi vida. Soy muy feliz”. Ve su nueva etapa como una “carrera de fondo”. Y explica: “No sirve de nada hacer un año espectacular y luego desaparecer. Sigo el consejo de Santi Palacios: tienes que encontrar una historia que te saque de la cama. Como autónomo, puedes quedarte en tu casa o puedes no hacerlo, no hay nadie que te obligue. Pero tienes que encontrar esa historia que te haga salir y apostar por ella”.

Esta es la historia de Ignacio Marín y sus comienzos como autónomo. ¿Y la vuestra? En Muno estamos encantados de escuchar todas vuestras historias y compartirlas con nuestra ‘comunidad autónoma‘.

Artículos relacionados